El hundimiento del Titanic, grabado (detalle) realizado por Willy Stöwer en 1912.



Por David Hidalgo Ramos

Crónica de un naufragio anunciado

La noche del 14 de abril de 1912, la señora W. Shelley fue una de las últimas personas en subir a un bote salvavidas del Titanic. Antes de alejarse, miró hacia cubierta y vio a William Thomas Stead de pie, en actitud de oración o de profunda meditación, contemplando el océano. Lo más llamativo de todo es que Stead, años antes, había publicado un par de relatos que narraban algo parecido a aquella escena. En uno de ellos, un gran trasatlántico se hundía por falta de botes salvavidas; en el otro, un buque de la White Star Line naufragaba tras chocar con un iceberg en el Atlántico Norte, comandado por un capitán llamado Smith. Stead no era profeta, sino uno de los pioneros en el periodismo de investigación.

William Thomas Stead (nacido en 1849), hijo de una familia protestante, pronto encaminó todos sus esfuerzos al periodismo, convirtiéndose en director más joven del Northern Echo, el periódico liberal más influyente del noreste. Sus reportajes habían destapado escándalos que derribaron ministros y sus editoriales sobre el rearme naval sacudieron el debate parlamentario. Entre sus colegas de profesión lo llamaban “el cuarto poder encarnado en una sola persona”. En julio de 1885, el Pall Mall Gazette publicó “El tributo de la doncella de la Babilonia moderna” firmado por Stead. Se trataba de los resultados de una investigación sobre la compraventa de niñas en los bajos fondos londinenses. Para demostrar que era posible comprar a una menor de trece años en esa ciudad, Stead lo hizo: adquirió a Eliza Armstrong por cinco libras. El Parlamento aprobó la Criminal Law Amendment Act ese mismo año, subiendo la edad de consentimiento de trece a dieciséis años. Lo encarcelaron durante tres meses por no haber verificado correctamente el permiso de la madre, pero Stead mantuvo la cabeza alta, sabía que su reportaje había salvado la vida de niñas y niños. A su salida de prisión siguió escribiendo, incluso fue nominado al Nobel de la Paz en 1901 y su nombre circuló de nuevo para 1908, aunque nunca lo ganó.

El primero de los relatos mencionados de Stead, se publicó en el Pall Mall Gazette en marzo de 1886. Describía el hundimiento de un trasatlántico por insuficiencia de botes salvavidas, y debajo del título Stead añadió una nota al pie que decía lo que pensaba, “Esto es exactamente lo que podría suceder y lo que sucederá si se envían barcos a alta mar con pocos botes”. No era tanto un ejercicio de imaginación, como de periodismo disfrazado de ficción, el mismo recurso que había usado para exponer la trata de niñas. Sabía que los navieros recortaban en botes para ganar espacio de carga y que las normativas de seguridad eran papel mojado (nunca mejor dicho).

En 1892 retomó el asunto con un segundo relato, mucho más detallado. “From the Old World to the New” seguía la travesía del navío Majestic, perteneciente a la White Star Line, rumbo a la Exposición Universal de Chicago. Una pasajera con el don de la clarividencia tiene la visión de un iceberg partiéndose contra un barco. El capitán del buque en la ficción se llamaba Edward Smith, el mismo nombre que tendría el capitán del Titanic, aunque no hay mucho de adivinación en esta parte, ya que Stead había tomado al capitán real del Majestic (también llamado Edward J. Smith) porque así era como funcionaba su periodismo, con datos reales dentro de tramas imaginadas. Cuando Estelle, su hija, releyó el relato tras el hundimiento, señaló que la coincidencia del nombre le resultaba “extraordinaria”. Sea como fuere, nadie había hecho caso a Stead en ninguna de las dos ocasiones.

William Thomas Stead © National Portrait Gallery
William Thomas Stead © National Portrait Gallery

El giro que hace que la vida de Stead sea aún más interesante es su acercamiento (y conversión) al espiritismo. No estamos hablando de una excentricidad de vejez ni una crisis de fe tardía. En 1881, recién instalado en Londres como redactor del Pall Mall Gazette, asistió a su primera sesión espiritista movido más por curiosidad periodística que por ninguna otra cosa. Era la época en que el movimiento empezaba a tomarse en serio a sí mismo. De hecho, la Sociedad para la Investigación Psíquica se fundaría al año siguiente, con el propósito declarado de aplicar el método científico a los fenómenos paranormales. Stead entró a la sesión con el escepticismo esperable de un hombre de su oficio, y salió con algo que no esperaba, toda una profecía dirigida a él en particular. “Joven, vas a ser el san Pablo del espiritismo”. En su momento no significó nada, pero con los años algo cambió.

El detonante fue la muerte de Julia Ames, una periodista americana comprometida con el movimiento por la abstinencia al alcohol, que murió el 12 de diciembre de 1891. Stead apenas la había conocido en persona. Pero en 1892, durante sus sesiones de escritura automática (dejando que la mano se moviera sobre el papel sin intervención consciente), comenzó a recibir mensajes que él atribuía a Julia. En aquellos mensajes, Julia le rogaba que fundara una oficina donde los vivos pudieran comunicarse con los muertos. Stead recopiló esas cartas en su revista Borderland y luego en el libro After Death (1898), que se convirtió en un éxito de ventas. La recepción crítica, con todo, no fue precisamente entusiasta, ni siquiera entre los propios espiritistas, como Walter Besant, que escribió que “Julia simplemente repite las ideas de la época”; The Times fue más lacónico y señaló que “Julia es algo aburrida, no tiene nada que contar y lo cuenta difusamente”. El periódico espiritista Light, que podría haber sido más generoso, también admitió con incomodidad que sus mensajes no eran completamente nuevos.

Pero a Stead todo eso le traía sin cuidado. Toda su carrera había sido dar voz a quienes no podían hablar por sí solos, desde los pobres de los barrios bajos de Londres hasta las niñas vendidas en los burdeles. Si ahora los muertos querían también una tribuna, la lógica era la misma de siempre. Así es como nació el Julia’s Bureau. Se instaló en enero de 1909 en Norfolk Street, junto al Strand londinense, en las mismas oficinas donde Stead había editado Borderland, su revista de investigación psíquica. La oficina tenía formularios de solicitud, citas programadas y procedimiento administrativo. No había nada de espectáculo en aquello, era un servicio como los demás, con la diferencia de que la directora nominal llevaba años muerta. Cualquier ciudadano podía pedir una sesión con los médiums del Bureau para comunicarse con un familiar fallecido.

El Bureau arrancó dos años después de la muerte del hijo de Stead, Willie, que falleció de forma inesperada en diciembre de 1907. Por eso muchos dicen que la creación y administración del Bureau de Stead no se debe a ninguna actividad psíquica inusual (como criticaron algunos), ni nada sobrenatural. Simplemente fue el duelo del propio Stead tras la pérdida de su hijo. De hecho, el Bureau ganó su mayor popularidad después de la Primera Guerra Mundial, cuando miles de familias buscaban algún tipo de contacto con sus hijos, soldados muertos en el frente. Una época dorada de su negocio que Stead no llegó a ver, ya que él mismo fallecería en trágicas circunstancias. En una ocasión había declarado: “Si se me recuerda en absoluto dentro de cien años, será como el amanuense de Julia”. Hablaba en serio y no iba mal desencaminado.

El 10 de abril de 1912, Stead embarcó en Southampton en primera clase a bordo del Titanic. Viajaba solo. Su destino era Nueva York, donde el 21 de abril iba a hablar en la conferencia del “Men and Religion Forward Movement” en el Carnegie Hall, junto al presidente William Howard Taft, el embajador británico James Bryce, Booker T. Washington y William Jennings Bryan. El tema de su ponencia era la paz mundial. Sus últimas palabras publicadas antes de partir: “Espero embarcar en el Titanic el 10 de abril y confío en estar de vuelta en Londres en mayo.”

Estelle W. Stead © Library of Congress
Estelle W. Stead © Library of Congress

Sobre lo que ocurrió la noche del 14 de abril, cuando el transatlántico chocó con el iceberg, hay más invención que testimonio. Hasta se ha creado todo un mito alrededor del periodista, con una imagen de Stead sentado tranquilamente en la sala de fumadores, leyendo un libro mientras el barco se hundía a su alrededor, un toque de leyenda que proviene de Una noche para recordar (1956) de Walter Lord, y sin ningún testimonio que lo sustente. Lo que sí hay son dos relatos de supervivientes. Por un lado, la señora W. Shelley, que abandonó el barco en uno de los últimos botes, vio a Stead de pie en cubierta en actitud de meditación o de rezo. Y por otro Frederick Seward, un abogado neoyorquino que sí sobrevivió, describió su “hermosa compostura” y señaló que “afrontó la muerte con serenidad filosófica”. El historiador Stewart Brown, cuya biografía de Stead publicó Oxford University Press en 2019, es el más cauto de todos: “En realidad no hay testimonios fiables sobre sus últimas horas, y su cuerpo nunca fue recuperado”. Stead murió el 15 de abril de 1912 en uno de los hundimientos más célebres de la historia naval a la edad de sesenta y dos años.

Pero para Estelle, la hija de Stead, la muerte de su padre en el Titanic no fue el final de la historia sino el comienzo de otra. Cuatro meses después del hundimiento empezó a recibir mensajes de su padre a través del médium Pardoe Woodman, y las sesiones se extendieron durante casi diez años. En 1922 publicó The Blue Island: Experiences of a New Arrival Beyond the Veil (experiencias de un recién llegado más allá del velo), en la que el espíritu del periodista narraba su tránsito al mundo de los muertos, desde Stead flotando sobre el Titanic hundido, las almas que se negaban a abandonar sus posesiones terrenas, la arquitectura del Más allá, la ropa que visten los espíritus, y el detalle (relatado con precisión casi periodística) de que en el otro mundo se come por placer, no por necesidad. Arthur Conan Doyle, que había recorrido el mismo camino que Stead hacia el espiritismo después de perder a su hijo en la Gran Guerra, escribió la carta de presentación del libro. Lo encontraba “muy interesante y útil”, aunque le desconcertaba la tonalidad azul del paraíso de Stead. El libro salió el 14 de diciembre de 1922, todo un cálculo editorial para el mercado navideño y anunciado en las revistas espiritistas como “el regalo de Navidad de la temporada”.

Hay un detalle que completa la historia con cierta ironía. Los mensajes que Julia le había enviado durante años de escritura automática no incluían ninguna advertencia sobre el Titanic. Lo que sí incluían era una predicción sobre la forma en que moriría, sería “asesinado en las barricadas” o “lapidado algún día en el mercado”. Stead salió de la cárcel convencido de que moriría como un mártir social, rodeado de multitudes. No esperaba ahogarse, y desde luego no esperaba hacerlo en un barco de lujo de camino a dar una conferencia sobre la paz mundial.

En 1910, le preguntaron por el epitafio que querría en su tumba. Respondió sin dudar que sólo quería que se le reconociera con “Aquí yace el hombre que escribió El tributo de la doncella de la Babilonia moderna”. No quería ser el espiritista ni el visionario, sino el periodista que compró a una niña de trece años para cambiar una ley. Una carrera brillante que lo situó como una de las voces pioneras del periodismo de investigación y terminó muriendo en el mismo escenario que había denunciado dos veces en sus relatos. Las normativas de botes salvavidas seguían siendo insuficientes, pero Stead embarcó en el Titanic igualmente, convencido que le esperaba otro destino y repasando sus notas de la conferencia sobre la paz.