Fotograma de They Live (John Carpenter, 1988)

Que la ciencia ficción y lo fantástico en general sirven como crítica de nuestro propio tiempo es innegable, hemos hablado muchas veces de ello (y de hecho, la narrativa fantástica siempre ha sido uno de los métodos favoritos para quitarse los corsés de la censura a lo largo de la Historia). Imaginemos por un momento que mezclamos en una misma historia un filtro mágico para ver a las personas como realmente son, sin ningún tipo de máscara. Pero a eso le añadimos además una conspiración alienígena en las sombras para dominar el mundo.

Dicho así parece raro que esos elementos juntos puedan casar. Y, ¿dónde entra la crítica al mundo en esta mezcla? Con esto justamente recordamos una película considerada hoy de culto que no sólo mezcló todos estos elementos, sino que además se atrevió a señalar a una clase política que su creador consideraba dañina para expresarse: un 4 de noviembre de 1988 se estrenaba en cines «Están vivos» (They Live), una fusión entre aventura, acción y ciencia ficción de serie B que maravilló al público.

Las raíces de la trama se centran en lo literario más de lo que pensamos, sin ir más lejos la idea original proviene de un relato de la década de los 60, «A las ocho en punto de la mañana», de Ray Nelson, que podéis leer aquí

La trama nos presenta a George Nada, que despierta de una sesión de hipnosis descubriendo que el planeta está controlado por alienígenas (y tendrá hasta las 8:00 para resolver todo). 1987 fue un año de gracia para la inspiración de Carpenter, ya que quedó eclipsado con la lucha libre americana (después veremos por qué) y llegó a sus manos el cómic que adaptaba el relato de Nelson (titulado como el apellido tan sugerente del protagonista, «Nada»).

Fotograma de They Live (John Carpenter, 1988)

Así que vio potencial en la historia y compró los derechos mientras se ponía como loco a escribir un guion. Aquel guion cinematográfico resultó tan ácido y mordaz como crítica al capitalismo más corrosivo de la era del presidente Ronald Reagan, que Carpenter lo firmó bajo pseudónimo para evitar males mayores: escogió el nombre de Frank Armitage, en referencia a Henry Armitage, protagonista de la novela corta «El horror de Dunwich» de Lovecraft.

Decía antes que quedó prendado del pressing catch o lucha libre americana de los 80, cuando el auge de estos luchadores de pega como Hulk Hogan estaba en lo más alto. Así se fijó en el luchador Roddy Piper, conocido en el mundo del ring como El Gaitero por su falda escocesa y la banda sonora de fondo. Contrató a Piper como protagonista para interpretar a Nada en la película que sería su primera incursión en la ciencia ficción.

De hecho, gracias al garbo de Piper improvisando chascarrillos, le debemos una de las frases míticas de la película, aquello de «He venido a mascar chicle y a patear culos, ¡pero me he quedado sin chicle!». La cuestión es que Nada descubre en «Están vivos» unas gafas de sol (el filtro «mágico») que permiten ver a las personas como son en realidad, descubriendo así cómo los extraterrestres están infiltrados en la sociedad y obligan a obedecer a la humanidad colándose en los puestos de poder.

La que sería la película número 13 de Carpenter resultó ser una bomba taquillera y con los años se ha convertido en una película de referencia entre los fanáticos del terror y la ciencia ficción de los 80. Toda una obra de culto que merece volver a ella en los tiempos que corren, sin duda.