Representación gráfica de un dero (“detrimental robot”) en la ilustración realizada por Robert Gibson Jones para la cubierta de Amazing Stories de marzo de 1945.
Por David Hidalgo Ramos
Gritos bajo el suelo: la conspiración que nació de la ciencia ficción
Una carta llegó a la redacción de la revista Amazing Stories a principios de 1943. La firmaba un desconocido, un obrero de Pennsylvania, y describía un alfabeto antiquísimo que, según él, era la lengua madre de toda la humanidad, “Mantong”, el idioma olvidado de Lemuria. Uno de los editores la leyó, la consideró una locura sin remedio, como la que tantos otros chiflados escribían en sus cartas a la revista a diario y la tiró a la papelera. Sin embargo, otro editor, Ray Palmer la rescató.
Ese fue el punto de partida de uno de los episodios más extraños de la historia de la ciencia ficción y el arranque de una genealogía que llegaría décadas después hasta las conspiraciones más célebres de todos los tiempos, como los reptilianos de David Icke o las bases alienígenas subterráneas de Nuevo México, así como buena parte de la arquitectura conspirativa que recorre internet desde los años noventa. Nada de eso existiría sin esa carta de 1943 rescatada de la basura de la redacción de Amazing Stories.
Richard Shaver manejaba una pistola de soldar en la cadena de montaje de Ford cuando empezaron las voces y los mensajes. Primero los pensamientos de sus compañeros de trabajo, después, más lejos, los gritos de personas a las que torturaban en cavernas bajo la tierra. Convencido de que las bobinas del aparato captaban aquellas señales, abandonó la fábrica Ford aterrorizado, aunque fue peor el remedio que la enfermedad. Shaver acabó en el Ionia State Hospital, en Michigan, que no era un psiquiátrico convencional, sino un hospital para dementes criminales, donde pasó cinco años. Su familia lo mantuvo en secreto, avergonzados por el “qué dirán”. Tan solo su cuñada Rose, de dieciocho años, fue a visitarle una vez, con un tímido ramito de flores.
Dentro del Ionia, en lugar de silenciarse, las voces se volvieron más complejas. Shaver comenzó a tomar notas. Acabó con todo un compendio sobre lo que describía como “ciencia lemuriana” en el reverso de formularios hospitalarios de gestión de mantenimiento. Cuando salió en 1943, llevaba consigo una cosmología entera. La historia era esta: antes del Diluvio, tres razas avanzadas (Atlans, Titans y Nortans) vivieron en la Tierra hasta que el sol empezó a emitir radiación mortal. La solución fue refugiarse bajo tierra, hasta que finalmente emigraron al espacio, abandonando toda su tecnología. Los rezagados que se quedaron atrás, en los refugios subterráneos, degeneraron. Denominados deros (“detrimental robots”, seres cuya mente había sido destruida por la radiación), usaban aquella tecnología ancestral para torturar y controlar a los humanos de la superficie. A diferencia de éstos, los teros eran los benevolentes e intentaban ayudar. Entre las distintas máquinas y demás tecnología avanzada, se encontraba el “telaug”, un dispositivo manipulador capaz de introducir pensamientos en la mente de cualquiera.
Shaver no se inventó esto para ganar dinero ni para fastidiar a nadie. Lo creyó de verdad. Los deros explicaban algo que ningún médico de Ionia había logrado explicarle. Justificaba las muertes de su hermano y su esposa durante su internamiento, así como el sufrimiento sin causa aparente. A menudo, una conspiración no es solo una teoría; a veces es la única realidad construida que da sentido a lo que nos rodea.

Ray Palmer se convirtió en el otro gran protagonista de esta historia. A los siete años, fue atropellado por un camión de reparto cerca de su casa en Milwaukee. La lesión espinal derivó en tuberculosis ósea; los médicos le dieron veinticuatro horas de vida. No murió, pero pasó años inmovilizado en camas de hospital y sanatorios, con la columna doblada para siempre, y una estatura definitiva de 1,42 metros. Pasó su infancia postrado en cama, pero a cambio se convirtió en un lector voraz, desarrollando una memoria prodigiosa. A raíz de todo ello, se originó en su personalidad una desconfianza profunda en la ciencia y en que los médicos y los expertos no siempre saben de lo que hablan. Cuando Palmer tomó las riendas de Amazing Stories en 1938 (la revista de ciencia ficción más antigua del mundo, entonces propiedad de la editorial Ziff-Davis) la publicación estaba al borde de la quiebra con unos pocos miles de lectores. Él transformó la revista en una máquina de entretenimiento popular que los fans intelectuales del género despreciaban y el público devoraba.
Cuando encontró la carta de Shaver, Palmer la amplió de 10.000 a 31.000 palabras añadiendo tramas, personajes y ritmo de pulp, publicándola en marzo de 1945 bajo el título I Remember Lemuria (“Recuerdo Lemuria”) con una nota editorial que afirmaba, sin matices, que los hechos descritos eran completamente reales. Aquel número de la revista se agotó en pocos días, todo un hito editorial sin precedentes. Sus colegas siempre dudaron de si Palmer realmente creía en Shaver o simplemente lo explotaba. William Hamling, que trabajó codo con codo con él durante cinco años, zanjaría la cuestión décadas después afirmando que Palmer no era ningún farsante, realmente fue el primer creyente de la historia de Shaver, los deros y las torturas subterráneas.
Entonces las cartas comenzaron a llegar a la redacción. No unas pocas, ni las docenas que solían recibir por número, sino miles. Y lo que las hacía distintas es que la mayoría no cuestionaban las historias de Shaver, sino que las confirmaban. Lector tras lector describía sus propios encuentros con los deros, desde voces mientras dormían hasta las sensaciones inexplicables que encajaban al detalle con lo narrado. Una mujer de París escribió que los deros la habían secuestrado y torturado bajo tierra, y que finalmente un tero la había rescatado. Muchos de estos lectores, conocedores de que no estaban solos, de que había más gente con la que identificarse y compartir sus propias historias, se fueron uniendo en grupos y asociaciones, formándose así los Shaver Mystery Clubs en varias ciudades de EE.UU. La tirada de Amazing Stories llegó a los 90.000 ejemplares mensuales en sus mejores momentos, en una época en que una revista de ciencia ficción hacía bien con 50.000 y muy bien con 70.000.
Para Palmer era la prueba definitiva y concluyente de que Shaver tenía razón, que tanto él como las miles de personas que corroboraron la historia no podían estar inventándose todo aquello. Richard Toronto dedicó cuarenta años de su carrera profesional a investigar todo este fenómeno. Su lectura es mucho más matizada y señala algo que por desgracia muchas veces no queremos reconocer como sociedad, y es que hay un porcentaje nada desdeñable de la población que oye voces. Claro que no están inventándoselas, simplemente las oyen. Shaver les dio un marco. Sus deros no eran un diagnóstico, eran una explicación. Y una explicación que coloca el origen del mal fuera de ti, con un culpable concreto y una lógica coherente, resulta casi siempre más llevadera que el silencio del profesional médico que te mira y no sabe ni qué decirte ni cómo diagnosticarte. En el fondo Palmer lo entendió antes que nadie. Aunque es difícil saber si lo entendió como editor o como alguien que había pasado años en camas de hospital esperando que los expertos le explicaran qué le pasaba.
La ciencia ficción de los años cuarenta no era solo literatura de quiosco, sino que tenía una comunidad de lectores organizada, con sus convenciones anuales, sus clubs locales y sus fanzines, y se tomaba muy en serio la reputación del género. Para esa comunidad, el ya conocido como “Shaver Mystery” era una afrenta. La Liga de Ciencia Ficción de Queens aprobó una resolución formal afirmando que esas historias “ponían en peligro la cordura de sus lectores”, intentando poner tierra de por medio entre la literatura de ciencia ficción y aquellas historias que según ellos no dejaban de ser las chifladuras de un maníaco. Sea como fuese, los aficionados querían que no se les relacionara con todo aquello. En la convención de Filadelfia de 1946 se llevó a votación que el servicio postal federal prohibiera la distribución de Amazing Stories. La moción falló por dos votos.

La prensa considerada en ese momento más “seria” atacaban a la editorial Ziff-Davis, responsable de la revista. Su propietario, William B. Ziff, recibía cartas de lectores furiosos y de fans organizados que exigían el fin del Shaver Mystery. Hamling, parte del equipo editorial de Palmer, confirmó años después que agentes federales solían personarse en la redacción de vez en cuando. Para él estaba claro que el gobierno consideraba que Ziff-Davis, a través de Amazing Stories y de Palmer, era responsable de todo aquel asunto.
Ziff toleró la tormenta mientras los números de circulación la justificaban. Cuando las ventas bajaron un par de años después, en 1948, ordenó a Palmer que dejara de presentar el Shaver Mystery como hechos reales. Pero Palmer no estaba de acuerdo. Fundó Fate, la primera gran revista paranormal de EE.UU., y abandonó Amazing Stories. El fandom creyó haber ganado. En la Worldcon de Chicago de 1952, el escritor Harlan Ellison acorraló a Palmer en un ascensor y le exigió que confesara el fraude. Palmer, según Ellison, cedió diciendo que era un gancho publicitario para vender ejemplares. Claro está que el propio Palmer lo negaría después, aludiendo que simplemente le había dicho lo que quería oír. Cuatro años después del fin del Shaver Mystery, seguía siendo imposible saber dónde terminaba la convicción de Palmer y dónde empezaba el negocio.
Pero la desaparición oficial en portadas del Shaver Mystery no significó que el fenómeno desapareciera también. Michael Barkun, politólogo de la Universidad de Syracuse, trazó en su estudio A Culture of Conspiracy (2003) la línea directa entre los deros subterráneos de Shaver y las conspiraciones más influyentes del siglo XX. El trayecto es más corto de lo que parece. Un fan de Shaver que firmaba como Branton amplió la mitología hacia las bases alienígenas subterráneas de Dulce, en Nuevo México. De ahí a los reptilianos que controlan los gobiernos del mundo en el sistema de David Icke hay pocos pasos. Los deros cambiaron de nombre y de forma, pero siguen un mismo patrón, seres subterráneos con tecnología avanzada que manipulan en secreto a los humanos de la superficie.
Barkun señala además algo más antiguo y anclado a lo literario. En agosto de 1929, Robert E. Howard (el maestro de la espada y brujería, creador de Conan el Bárbaro) publicó en Weird Tales un relato llamado “The Shadow Kingdom”, en el que los hombres-serpiente de Kull el Atlante se infiltraban en posiciones de poder adoptando apariencia humana. Aunque Howard lo escribió como ficción, a mediados de los cuarenta, el ocultista Maurice Doreal reelaboró la narración como hecho histórico. Lovecraft y Ashton Smith incorporaron también a los hombres-serpiente en sus mitologías. El plano de los reptilianos de poder ya estaba dibujado en la ficción pulp de los años veinte. Solo hacía falta que alguien lo tomara en serio.
Es lo que Barkun llama stigmatized knowledge, el conocimiento rechazado por la cultura oficial circula en los márgenes, se cruza, se acumula y en algún momento alguien lo rescata (como hizo Palmer con aquella carta) y lo presenta como verdad. La certeza de que nada ocurre por accidente, nada es lo que parece y todo está conectado; son los tres principios del conspiracismo que describe Barkun y que están activos desde que Shaver tomó su primera nota en el reverso de un formulario hospitalario.
La pregunta que el Shaver Mystery deja flotando no es si los deros existen, sino por qué miles de personas encontraron más sentido en las cavernas de Shaver que en cualquier otra explicación que les hubieran ofrecido. No eran lunáticos. Eran gente que oía voces, que había perdido a alguien sin explicación o que sentía que algo en el mundo no cuadraba. Palmer les dio esa respuesta, aunque no sabemos si lo hizo por convicción o por negocio.


