Arte (detalle) realizado por Dave McKean para la portada de la edición ilustrada de “The Homecoming” de Ray Bradbury (Collins Design, New York, 2006).
Por David Hidalgo Ramos
La monstruosa familia de Ray Bradbury
—Por favor, ayúdame a crecer, ayúdame a ser como mis hermanas y mis hermanos. No dejes que sea diferente.
Timothy Elliott reza al Oscuro, la divinidad doméstica a la que rinde culto su familia, que es un tanto particular: sus hermanas convierten en cera a los visitantes, sus hermanos levitan, su tío tiene alas. Timothy es el único niño humano en una casa de inmortales, y lo que le duele no es el miedo, sino la exclusión porque él es el raro, el que no puede hacer lo que los demás hacen de manera natural.
”Reunión de familia” (“The Homecoming”, 1946), la historia de Ray Bradbury, no es un cuento de terror en sentido convencional. Es un relato sobre la pertenencia. Timothy pasa la noche entera mirando cómo su familia hace lo que él no puede hacer: volar, transformarse y hasta invocar tormentas. Él les lleva las maletas, los recibe en la puerta y los observa. Al final de la velada, el tío Einar (que tiene alas verdes del tamaño de una vela naval) intenta consolarlo:
”—No te sientas mal, sobrino. A cada uno lo que le corresponde, a cada uno su propio camino. Las cosas son mucho mejores para ti, Timothy. Mucho más vivas. El mundo está muerto para nosotros.”
Un consuelo extraño. El inmortal le dice al humano que, en realidad, tiene suerte. Bradbury construye su narrativa con una emotividad que las revistas pulp, donde solía publicar entonces, no pedían ni esperaban. Antes del amanecer, la madre busca a Timothy:
”Hijo, te queremos. No lo olvides. Todos te queremos. No importa que seas distinto, no importa si un día nos dejas.”
El cuento termina con Timothy subiendo las escaleras, solo, llorando. No hay monstruo ni víctima. No hay amenaza exterior. Hay un niño que quiere pertenecer a su familia y sabe que nunca podrá del todo. Bradbury lo envió primero a Weird Tales, su revista pulp habitual de publicación, pero Weird Tales no sabía qué hacer con ello, lo rechazaron por poco convencional, por ser demasiado tierno para los monstruos y demasiado doméstico para su horror. Con esa paradoja en el bolsillo, Bradbury, a la desesperada, envió el relato a otro destino completamente diferente.
Mademoiselle era una revista de moda y literatura, el tipo de publicación que reseñaba ropa y publicaba a escritores serios, no exactamente el lugar donde uno esperaría encontrar a una familia de fantasmas, vampiros y demás seres sobrenaturales reuniéndose para pasar la noche. El cuento aterrizó en la pila de originales sin leer, sepultado bajo decenas de sobres idénticos, y allí se quedó durante semanas hasta que un jovencísimo Truman Capote lo encontró de casualidad. Capote tenía veintiún años y trabajaba como auxiliar editorial en la revista, donde él mismo acababa de publicar su primer relato. Reconoció algo en el cuento de Bradbury que le llamó la atención. Se lo pasó a la editora de ficción, Rita Smith (hermana de la maestra del gótico sureño Carson McCullers, dato que no tiene nada que ver con esta historia, pero que es imposible no mencionar), y Smith se lo pasó a George Davis, el director de ficción dentro de la revista. La respuesta llegó en telegrama, con cuatrocientos dólares de oferta y el nombre del destinatario mal escrito: lo llamaban Bradbury.
Timothy, el niño humano de los Elliott que no puede hacer lo que hacen sus hermanos, tiene algo del Bradbury de 1946: el autor de los pulps publicado de pronto en una revista de moda, bienvenido pero diferente. Los dos llegaron por la puerta equivocada y los dos encontraron su sitio exactamente por eso.
Davis y Smith no simplemente aceptaron el cuento, sino que decidieron construir el número de octubre, el especial de Halloween, alrededor de él. Encargaron las ilustraciones a Charles Addams, dibujante habitual de The New Yorker, que entregó una doble página en la que aparecía la casona de los Elliott en otoño con la familia entera surcando el cielo nocturno. En ese número de octubre de 1946 coincidían tres jóvenes firmas que o no llegaban o apenas pasaban de los treinta, Bradbury, Capote y Addams. Eso sí, en esa época ninguno era todavía nadie conocido.
Mademoiselle celebró el éxito de aquel número con una fiesta. Sam Weller, el biógrafo autorizado de Bradbury, describe la velada con cierto detalle. Cuenta que Bradbury llegó desde Los Ángeles directo al convite, bailó con la escritora Carson McCullers, conoció a los editores que habían apostado por él y que lo mantuvieron bebido durante toda la noche. Pero quizá el momento más importante de aquella celebración es que también conoció a Charles Addams.

Bradbury ya había visto la ilustración, la doble página que Addams había entregado para el número, aquella casona de los Elliott con la familia entera surcando el aire nocturno. Lo que probablemente no esperaba era descubrir que el dibujante y él estaban haciendo, por separado y sin saberlo, exactamente lo mismo. Addams llevaba desde 1938 poblando las páginas de The New Yorker con una familia de aristócratas macabros y domésticos (figuras sin nombre todavía, sombras anónimas que el gran público conocería más tarde como la Familia Addams); en paralelo, Bradbury construía desde la ficción pulp su propia familia de monstruos entrañables, los Elliott. Dos escritores, dos familias de criaturas y dos imaginaciones que funcionaban en la misma frecuencia sin haberse cruzado nunca. Antes de que acabara la noche, Addams le regaló la ilustración original. No se la vendió, se la dio directamente. Bradbury se la llevó a casa y la colgó en la pared del salón, donde se mantendría hasta su muerte. Desde esa fiesta de octubre, los dos se hicieron amigos.
Ninguno de los personajes que Addams dibujaba en The New Yorker tenía nombre. Los lectores los reconocían (la madre pálida de pelo negro, el padre entusiasta, la niña de trenzas y expresión impasible…) pero Addams nunca los había bautizado. En su mayor parte se trataba de viñetas únicas silentes, sin globos de texto, apenas un subtítulo bajo la imagen, por lo que las personalidades de los personajes no se desarrollaron hasta más tarde. Los primeros nombres llegaron en 1962, cuando una colección de muñecas puso ”Morticia” y ”Miércoles” en las cajas. El resto esperó hasta 1964, cuando la serie de televisión los bautizó a todos de golpe.
En algún momento de la amistad entre ambos, Bradbury sugirió fundir los dos universos de sus respectivas monstruosas familias en un único libro, aunque en ese momento fuese una fusión desigual, ya que los Elliott tenían nombres e historias (con más relatos planeados sobre los mismos personajes) mientras que Los Addams sin embargo, eran todavía sombras con buenas intenciones.
La idea la propuso Bradbury el 11 de febrero de 1948. Le escribió a Addams una carta que Sam Weller cita en The Bradbury Chronicles y que es el germen más revelador de lo que Bradbury tenía planeado hacer con los Elliott:
”Una especie de Cuento de Navidad. Halloween tras Halloween la gente comprará el libro, igual que compran la obra de Dickens, para leerlo junto a la chimenea, con las luces tenues. Halloween es la época del año para contar historias.”
La ambición era exactamente esa, la de crear el equivalente halloweenesco del Cuento de Navidad de Dickens. Bradbury estaba convencido de que Halloween necesitaba su propio texto fundacional, una obra que se convirtiera en ritual doméstico, y que la combinación de los Elliott con las ilustraciones de Addams era la manera de conseguirlo. El proyecto llegó incluso a tener interés editorial. Helen King, de William Morrow, mostró disposición a publicarlo. El formato estaba pensado con un diseño muy concreto en papel negro y tipografía blanca. Las dos familias de monstruos domésticos fundidas en un único volumen. Pero el proyecto se quedó en el aire, y no por la falta de entusiasmo de todas las partes, sino por el precio de Addams, trescientos dólares por dibujo. Los editores no pudieron asumirlo y Addams tampoco bajó su tarifa. El libro se archivó sin que nadie lo anunciara formalmente, simplemente dejó de avanzar, hasta perderse toda esperanza tras la muerte de Addams en 1988.
Cuando la editora Jennifer Brehl emprendió la tarea de reunir medio siglo de cuentos de los Elliott para publicarlos juntos, decidió que la cubierta tenía que ser la ilustración que Addams había hecho para Mademoiselle, aquella casona otoñal con la familia surcando la noche. El problema era que nadie sabía dónde estaba el original. Brehl llamó a archivos, contactó con la familia y los representantes de Addams e incluso preguntó a coleccionistas. Nada. Hasta que, derrotada, finalmente llamó a Bradbury para comunicarle el fracaso de la búsqueda. La respuesta de Bradbury, según recoge Sam Weller, fue esta: ”Pero, querida, ¡deberías habérmelo preguntado! El cuadro está en la pared del salón de mi casa. Charlie me lo regaló en 1946.”
Buscaban justamente aquel cuadro colgado en su casa, con la ilustración de Addams, que había sobrevivido los intentos fallidos de llevar a cabo la fusión de sus universos, que había visto el éxito de Fahrenheit 451, de sus Crónicas marcianas y hasta La feria de las tinieblas. Aquella ilustración que incluso sobrevivió al propio Addams, era la perfecta portada para recopilar los relatos de la familia Elliott. De la ceniza volverás (From the Dust Returned) se publicó finalmente en 2001. En el prefacio, Bradbury escribió que, para entonces, ”el querido Charles Addams había pasado a esa Eternidad habitada por las criaturas de su mundo y del mío”. Fue lo más cerca que habían llegado del libro que soñaron juntos.


