Frans Masereel, Ilustración para La feuille, 1917

A propósito del «El Tercer Reich de los sueños» de Charlotte Beradt
(Pepitas ed., 2021)

Por Daniel Vázquez Villamediana

Uno de los ámbitos que la Historia ha dejado tradicionalmente fuera de sus estudios, ha sido la cuestión del sueño, un archivo inagotable y perturbador que es también fuente de conocimiento. Es por ello que la aparición del libro «El Tercer Reich de los sueños» de Charlotte Beradt, publicado originalmente en 1966 y solo ahora editado en España, resulta especialmente fascinante. En 1933, la autora tuvo la brillante idea de recopilar los sueños de amigos y conocidos que como ella vivían bajo el nazismo. Pesadillas que fue apuntando con sigilo, y también con miedo. Un material subversivo que luego tuvo que enviar oculto en distintas cartas antes de emigrar definitivamente de Alemania en 1939.

Sui Generis Madrid - El Sueño como archivo - Frans Masereel, La Ciudad, 1925
Frans Masereel, La Ciudad, 1925

Una vez recuperados en Estados Unidos, la autora dio forma a cerca de 300 sueños que sorprenden por la capacidad de los soñadores para describir mediante metáforas su propia realidad, y de incluso profetizar horrores futuros.

Estos sueños anónimos son así testimonio onírico de simples ciudadanos que vivieron bajo el régimen nazi, un sistema opresivo y totalitario que llegó a colarse entre las sábanas, adueñándose de los sueños de los alemanes, hiriéndoles. El sueño dejó de ser un espacio de libertad o de evasión. Se tiene miedo y la censura, que siempre deviene en autocensura, afecta al propio soñar.

Hay en este libro muchas clases de sueños y de soñadores, pero los temas se repiten una y otra vez. Algunos, en sus sueños, tratan de hablar en idiomas que desconocen para así no entenderse a sí mismos y no decir cosas contra el Estado. Otros, sueñan directamente con formas geométricas para que no se descubran sus pensamientos traidores.

Hay, por otro lado, soñadores verdaderamente excepcionales, artistas del sueño. Es el caso de una mujer de treinta años que sueña con que los nazis han inventado un máquina para leer pensamientos y es descubierta pensando que Hitler es el diablo. Esa misma mujer luego soñó que su lechero y su panadero y otros, la visitaban para cobrarle facturas pendientes, diciéndole: «la deuda no puede ser puesta en duda», frase que Beradt relaciona con una de Kafka y que aparece en uno de sus relatos titulado “En la colonia penitenciaria”. Allí escribe el autor de «El proceso»: La culpa esta siempre fuera de duda. No hay forma, pues, de librarse de ella. Hay que pagar aunque nada se haya hecho.

Sui Generis Madrid - El Sueño como archivo - Frans Masereel, La Ciudad, 1925
Frans Masereel, La Ciudad, 1925

El mundo onírico revela lo que el soñador no es capaz de ver o de entender bajo la vigilia. Absorto en su rutina, se niega a aceptar la horrenda metamorfosis que está sufriendo su vida. Surgen de este modo sueños políticos de gente que no se considera política.

Hay algunos discretos hombres, como un médico, que sueña con que las paredes de su casa y las de sus vecinos se han vuelto transparentes. Al parecer, acababa de ser publicado un «decreto sobre la eliminación de paredes». Otros creen que las estufas, las almohadas, los relojes o el cuadro con angelitos que tienen sobre la cama, poseen ojos y oídos, y permiten saber qué ocurre en sus hogares. Hay incluso miedo de que el propio sueño les traicione y diga demasiado. El Partido parece tener un poder total, y no hay refugio posible ni en la propia cama.

Sueños todos ellos claros, prístinos. No hace falta servirse de las herramientas del psicoanálisis para descifrarlos. Tienen la sombrosa capacidad de expresar mediante imágenes, condensando ideas, el sentir de una época. Como dice la propia Beradt los sueños funcionan como «sismógrafos» de un periodo histórico que advierten acerca de lo que está sucediendo, y de incluso lo que está por venir.

Gracias a este libro, vemos que el sueño debería ser considerado como un gran archivo para la Historia. Hubiese sido una fuente extraordinaria conocer cómo se ha soñado bajo regímenes de opresivos, bajo dictaduras, o bajo el terror de las guerras de cualquier época. ¿Soñaría igual un hombre del siglo XVI perseguido por la Inquisición que otro bajo el régimen estalinista? ¿Qué imágenes habría dado ese vivir?
Pienso además que uno de los objetivos de la Historia es ponernos en el lugar de las víctimas, y que el sueño posee una indudable capacidad de hacernos sentir próximos al soñador; de reconocernos en él y en sus miedos. Vivir lo que otro vivió a través de sus sueños, es una experiencia que nos acerca como pocas otras al pasado.